10 noviembre, 2020

De Azulejo a Azzoni-Avogari, Rambaldo de

Azulejo

Según el Diccionario de la Real Academia, azulejo es el "ladrillo vidriado de varios colores usado para revestir paredes, suelos, etc. o para decorar". Etimológicamente, el término azulejo proviene del árabe az-zulaiy, que significa 'pequeña piedra bruñida'. Erróneamente se relaciona la palabra "azulejo" con "azul", cuya raíz árabe es distinta, lazurd; la confusión viene dada porque muchas veces se emplea este color para pintar las piezas. En Cataluña, donde la industria azulejera se desarrolló muy brillantemente, el azulejo es denominado rajola. 

  El azulejo suele presentarse decorado y vidriado, en formas y tamaños muy distintos, y en su pintura se emplean diferentes colores. En sus comienzos, el azulejo se consideró una pieza decorativa (incluso artística, pues de hecho la azulejería se estudia como una rama del arte cerámico), aunque hoy día los azulejos más simples están considerados sencillamente como material de construcción. 

Fabricación

La materia prima fundamental del azulejo es la tierra arcillosa, que se machaca y se deshace hasta quedar convertida en polvo. Después, en un recipiente, se le añade agua y se mezcla bien hasta convertirla en un barro liso y sin grumos. A continuación se deja reposar durante varios días, para que sedimente. Ya seca la mezcla, se corta en pedazos y se deja secar otra vez, pero nunca al sol, que podría cuartear la preparación, ni tampoco a merced de corrientes de aire. Luego se aplana con un rodillo, de modo que no quede dentro ninguna bolsa de aire. Por fin, se mete en el horno para pasar al proceso de cocción. 

Los azulejos soportan dos cochuras. De la primera, a una temperatura de unos 900º C, se obtiene lo que se llama el "bizcochado", que se pinta o se decora antes de pasar de nuevo al horno, donde sufrirá una segunda cocción a temperatura algo más elevada, pudiendo superar el horno la temperatura de 1.000º. La técnica de la pintura varía en función del lugar y el tipo de azulejo. A veces se hace a mano alzada, pero en general la pintura se realiza por medio de plantillas y también de estarcidos, que con otras plantillas punteadas sobre las que se pinta se consiguen distintos dibujos.

El método más común para realizar azulejos es el conocido como de prensado en seco. De él existen dos modalidades: el de "quemado a dos fuegos", en el que la masa prensada se quema para conseguir el llamado "bizcocho", sobre el que se aplica el esmalte para volver a ser quemado por segunda vez; y el de "monococción", en el que el esmalte se aplica directamente sobre la masa fresca y la mezcla es cocida. Este proceso resulta mucho más barato; sin embargo, el proceso a dos fuegos sigue utilizándose mayoritariamente en la industria azulejera.

Proceso

En primer lugar, hay que obtener el llamado "bizcocho", del cual depende en elevado porcentaje la calidad del producto final; para ello es esencial obtener las mejores materias primas, lo cual pasa por un detenido estudio del yacimiento a explotar, del que se obtienen diversas muestras que pasan controles de porosidad, contracción al secado y quemado, etc.

Para obtener el bizcocho hay que pasar por cuatro procesos sucesivos: molienda y dosificación, prensado, secado y cochura. 

La molienda consiste en el desmenuzamiento de la materia prima, con la que además se consigue que la arcilla pierda su humedad característica, y va unida a la dosificación de los distintos tipos de arcilla que integrarán la mezcla. 

En el proceso de prensado, que en la industria se realiza con enormes prensas de diferentes tipos (hidráulicas, rotatorias, automáticas, etc.), se prepara la mezcla para su siguiente paso, el secado, que según afirman los fabricantes es el momento más delicado del proceso. 

En el secado, a medida que las mezclas salen de la prensa, se cubren para evitar que las corrientes de aire puedan dañar la pasta. La operación de secado es lenta, pues si se realizara bruscamente la pieza sufriría deformaciones. Eso sí, hay que señalar que las piezas no se dejan secar del todo antes de ser introducidas en el horno, sino que, para evitar que se rompan, se conserva en ellas un mínimo porcentaje de humedad. En la industria azulejera se inventaron lo que llamó "secaderos de túnel", donde existen aparatos calentadores que hacen más corto el proceso sin someter por ello la mezcla a secados repentinos y bruscos. 

La cochura es la responsable de los cambios físicos y químicos que se producen en la pasta obtenida. El calentamiento al que se somete a la mezcla es gradual, lo cual evita resquebrajamientos y roturas. Hay que decir que esta operación se remata con el llamado "período de enfriamiento", inyectando sobre el ya conseguido bizcocho masas de aire frío. El bizcocho conseguido debe someterse a rigurosos controles de calidad, pues si existe algún fallo en la mezcla que pase desapercibido se acabaría constatando durante la fase de esmaltado o durante la utilización del producto ya terminado. Se testa, pues, la porosidad y las posibles deformaciones, tales como rugosidades, grietas, pequeñas roturas, manchas, etc.

Ya obtenido y testado el bizcocho, se pasa a la fase de esmaltado del azulejo. Con este se pretende hacer el material impermeable, y a la vez susceptible de servir como elemento de decoración. La composición del esmalte cerámico se parece mucho a la de los vidrios. Antes de su paso por el horno, el aspecto del esmalte que cubre la pieza es muy similar al del polvo. Según un texto publicado por Ferro Enamel Española S.A., un buen esmalte debe tener las siguientes características: ser fácilmente aplicable a la pasta y no tóxico; poseer un amplio rango de maduración; ser completamente impermeable a líquidos y gases; ser versátil con respecto a la obtención de diferentes coloraciones; producir después de quemado una superficie libre de defectos apreciables; y soportar las condiciones de servicio que su uso requiere. 

Existen dos tipos de esmaltes producidos en la fabricación de azulejos: el llamado "crudo", que en realidad se emplea casi siempre para cerámicas artísticas; y el "esmalte fritado", propio del azulejo industrial. Los esmaltes cerámicos industriales se componen de arcillas, agentes de suspensión, colorantes y las llamadas "fritas cerámicas", que son compuestos vítreos que se consiguen con la fusión de mezclas de distintos materiales cerámicos. La mezcla de los materiales que componen la frita es un proceso de suma importancia; en ella se emplean materiales como bario, cal, magnesio o cinc. 

En cuanto a la aplicación del esmalte, industrialmente existen dos modos de hacerlo: por cortina, que no es sino una modernización del proceso antiguo de bañar el bizcocho con el esmalte a emplear; y el de aspersión, en el que el esmalte se aplica por medio de un atomizador. Por supuesto, existen luego fórmulas para conseguir en el azulejo distintos efectos decorativos.

La última etapa de este proceso es el quemado del esmalte, es decir, someter al azulejo ya esmaltado a una segunda y última cochura. Es el proceso final, y por ser el más importante y también el más delicado está sometido a intensos controles. El horno debe mantener una atmósfera limpia de gases, una temperatura uniforme y una curva de cocción estable. Nuevamente obtenido el producto, que debe estar ya listo para su utilización industrial, se le somete a otra serie de pruebas de calidad que lo determinarán como apto o no para ser almacenado y distribuido.

Tipología

El azulejo alicatado, aunque algunos expertos no lo consideran un azulejo en sentido estricto, es una pequeña pieza de barro cocido (aliceres) vidriada en monocromo que se coloca dibujando formas geométricas (rombos, estrellas, cuadrados, etc.) con las que se recubren zócalos, suelos e incluso paredes enteras. Estas piezas se cortaban con un pico, lo que da una idea de lo delicado del proceso de fabricación y la extrema habilidad que debían desarrollar los operarios para no estropear las piezas. Los colores preferidos para la decoración eran el verde, el azul, el negro y el violeta. Con esta técnica de alicatado se decoró en el siglo XIII la sevillana Torre del Oro, y en la misma ciudad, ya en el siglo XIV, el Patio de las Doncellas del Alcázar, que tiene una altura de casi 1,80 y una longitud de 161 m. Un siglo más tarde, en 1422, se empleó el alicatado para la decoración interior de una cúpula del convento de la Concepción Franciscana, en Toledo, que fue encargada por el mercader Gonzalo López. También en la Alhambra de Granada se encuentran bellos ejemplos de este arte. 

La técnica del alicatado es complicada y costosa, y fue precisamente para simplificarla por lo que nació el azulejo decorado por medio de la técnica "de cuerda seca", que empezó a desarrollarse en torno al siglo XII y alcanzó gran desarrollo en el XIV. La técnica se basa en hacer un dibujo sobre el barro obtenido después de la primera cocción mediante la mezcla de grasa y algún color, y pintar luego los espacios entre las líneas. Al volver a meter la pieza en el horno, y por efecto del calor, la grasa separa los colores y, al dilatarse durante el proceso de horneado, se consigue que adquieran relieve. Aunque al principio el dibujo de grasa se hacía a mano, pronto empezaron a hacerse moldes que eran presionados sobre el barro para después rellenar el hueco con la mezcla de grasa y color. 

Según avanzaba la técnica apareció la decoración llamada "de arista", que es una variante simplificada de la de cuerda seca. La separación de colores se hace mediante un cordón de tierra (la arista) confeccionado cuando la pasta aún no está dura. Los azulejos de arista pueden ser cuadrados o rectangulares; en este último caso se les llama "de dos por tabla", pues se necesitan dos para componer un dibujo. En la sevillana Casa de Pilatos, propiedad hoy de los duques de Medinaceli, pueden encontrarse magníficos ejemplos de azulejos de arista, gran parte de ellos obra de los maestros Diego y Juan Polido, a los que el marqués de Tarifa encargó los trabajos de decoración del palacio. Los temas de decoración varían desde los motivos geométricos a distintos elementos vegetales. 

Ya en el siglo XVI aparecieron en España los azulejos planos o "pisanos", llamados así por su introductor en nuestro país, el italiano Francisco Niculoso Pisano. Esta técnica puede considerarse ya plenamente renacentista. La llegada a España desde Italia del maestro Pisano supuso un antes y un después en el arte de la azulejería. Francesco Pisano se estableció en el barrio sevillano de Triana en el año 1498. Si hasta entonces en España el arte azulejero se basaba precisamente en la separación entre los colores (las aristas), Pisano renovó la técnica proponiendo precisamente lo contrario, con la introducción de un azulejo plano donde es posible conseguir la gradación de colores y efectos como el claroscuro, imposibles de obtener con la técnica de las aristas. Para ejecutar azulejos según esta técnica, la superficie que se va a decorar se cubre con losetas que han sido secadas al sol; sobre ellas el artesano calca el dibujo antes de policromarlo, y luego se cuece la mezcla. Después de esta primera cochura y ya fijados los colores, se cubren de barniz y vuelven a cocerse. Pisano produjo así verdaderos cuadros de azulejo, mediante la división de la pieza en multitud de pequeñas losas que se trabajaban individualmente y se unían al final como si se tratase de un puzzle. 

Consecución de los colores

Según señala Carlos Cid en su obra El azulejo, las pinturas cerámicas son óxidos metálicos o silicatos alcalinos. El verde se consigue mediante el uso de óxido de cobre; el acetato cúprico para el tono turquesa; el acetato semibásico de cobalto (o cardenillo) para el azul; el óxido de manganeso para el negro amoratado; el óxido de hierro para el rojo; y el antimonio mezclado con galena para el amarillo. Estas mezclas sufrieron variaciones y matizaciones para diversificar los resultados y los colores. El reflejo metálico, quizá el más bello efecto del azulejo, se obtiene mezclando sulfuro de cobre y de plata con almazarrón, una tierra compuesta por óxido de hierro, sílice y alúmina, que tras molerse se mezcla y emulsiona antes de decorar la cerámica. Este efecto metálico podría tener un origen español, aunque hay expertos que aseguran que en realidad ya se conocía en la antigua Persia. Lo cierto es que en España esta técnica del reflejo metálico se desarrolló abundantemente, sobre todos en la región andaluza y en la valenciana; son buena muestra de ello los azulejos de Medina Azahara, en Córdoba.

Historia

Los estudiosos coinciden en señalar el Antiguo Oriente, y en concreto las regiones de Egipto y Mesopotamia, como punto de partida del arte del azulejo. En Egipto, donde la técnica del vidrio coloreado se conocía desde el cuarto milenio antes de Cristo, suele citarse como ejemplo la decoración a base de azulejos de la pirámide del faraón Zoser, de la III Dinastía, que fue ejecutada por el arquitecto Inhotep. En esta obra, las galerías se cubrieron con losas esmaltadas en verde con líneas amarillas, reproduciendo las hojas del papiro. En las excavaciones arqueológicas de Tel el Amarna se encontraron algunas muestras que datan del período de la decimoctava dinastía (1580-1335 a.C.). Durante el reinado de Akhenaton se produjeron notables piezas de azulejo, algunas de las cuales se conservan en distintos museos. Más adelante, y durante el reinado del faraón Sethi I, la técnica se perfeccionó notablemente, hasta el punto de que se siguió utilizando durante épocas muy posteriores. En la zona del delta del Nilo se encontraron también imponentes murallas cubiertas de azulejos cerca de Tel El Yehudia, mientras que en un palacio que acabó de construirse en la época de Ramses III fueron hallados una serie de azulejos que seguramente cubrieron la pared de alguna habitación y en los que aparecen representadas figuras humanas.

En Mesopotamia (territorio que ahora ocupan Irak y Siria), en la época del Imperio asirio, se utilizó el azulejo para decorar distintos edificios civiles. Es el caso de la famosa Puerta de Istar, en el Palacio Real de Babilonia, cuyos restos se encontraron durante las excavaciones que entre 1899 y 1917 realizó el arqueólogo Koldewey. La Puerta de Istar fue levantada durante el reinado de Nabucodonosor II en la ciudad de Babilonia, y la fecha concreta de su construcción parece ser el 580 a.C. El monumento está decorado con azulejos de calidad y belleza extraordinarias, en los que se representan distintas figuras de leones, toros y monstruos con cuerpo de serpiente, patas de león y garras de águila, todas ellas con un significado simbólico propio. 

Tras la conquista de Babilonia por parte de Ciro el Grande nace el Imperio persa, hacia el año 539 a.C. La cultura persa cuidó y cultivó la confección de azulejos, que fueron utilizados como elemento decorativo en los palacios de Pasagarde, Susa y Persépolis. Precisamente de Susa procede el célebre "friso de los arqueros", hoy conservado en el museo parisino del Louvre. 

En lo que se refiere a Extremo Oriente, fue en China donde la cerámica adquirió pronto un asombroso desarrollo (puede citarse como muestra el numerosísimo ejército de guerreros de terracota modelados para la tumba del emperador Shihuangdi). Se han encontrado muestras de azulejos que parecen datar de la dinastía Han. 

Mientras en la antigüedad el arte del azulejo fue desarrollado por los pueblos orientales, la cultura clásica de Grecia y Roma, aún conociéndolo, lo utilizó muy poco, aunque existen algunas muestras menores. Llama la atención, sin embargo, el hecho de que el arte de la cerámica sí estaba ampliamente extendido en la Grecia clásica, el cual ha llegado hasta nuestros días en forma de numerosas y bellas muestras de ánforas, vasijas, etc. Debe aclararse también que el abundante empleo del mosaico por parte de griegos y romanos podría inducir a confusión sobre el desarrollo de la azulejería, aunque nada tiene que ver este arte con el del azulejo. El mosaico, hecho a base de pequeñas porciones combinadas entre sí hasta conseguir diferentes dibujos, emplea materiales muy diversos que van del mármol a la madera, pasando por las telas, las plumas y, como no, también el barro, de ahí la identificación de ambas manifestaciones.

El azulejo en España

El arte del azulejo entró en España de la mano de los árabes, que a su vez lo habían aprendido de los persas. Desde el punto de vista técnico, debe señalarse que la nueva concepción de la cerámica implantada por los persas traía consigo el uso del esmalte estannífero, que al ser aplicado en la primera cocción recubría la losa de una capa blanca que luego podría decorarse en distintos colores. 

La fecha de introducción de la azulejería no puede concretarse completamente, pero parece ser que coincide con el califato de Córdoba (siglos IX-X), y su expansión definitiva llegó con la invasión de los almohades en el siglo XII. No debe olvidarse que muchas de las palabras relacionadas con el arte del azulejo que se siguen utilizando hoy día en España tienen origen árabe: alicatado, alfar, alicer, etc. Cuando se inició en España la dominación musulmana, ya en la Península Ibérica se había desarrollado convenientemente la técnica de la cerámica, lo que facilitó mucho la implantación de la azulejería. 

Con el influjo de la cultura del Islam se generalizó el empleo de azulejos con motivos ornamentales para revestimiento de fachadas, zócalos y superficies murales en general. En España, el azulejo se desarrolló extraordinariamente en diferentes zonas, sobre todo en Andalucía, donde la decoración con azulejos de edificaciones como la Alhambra de Granada o distintas áreas de los Reales Alcázares sevillanos han dejado sobresalientes muestras del trabajo de los artesanos. Dos fueron, en tierras andaluzas, los principales centros de producción azulejera: Málaga y Sevilla. 

Tras la reconquista y la expulsión de los musulmanes de la Península, el arte aprendido se mantuvo y siguió desarrollándose en una ciudad que, ya a principios del siglo XVI, era una de las más prósperas de España y en la que se establecieron familias adineradas, muchas de origen aristocrático, pero también otras de procedencia burguesa, enriquecidas algunas con el comercio de ultramar. Estas familias reclamaban elementos decorativos para el embellecimiento de sus casas. Así pues, los azulejeros sevillanos (establecidos casi todos en el Barrio de Triana) vieron cómo se les multiplicaba el trabajo. 

También fue en el siglo XVI cuando resurgió el arte del alicatado, que en Sevilla fue de tres tipos: el de composiciones geométricas entrelazadas, el de estrellas tangentes y el de piezas recortadas con perfiles curvilíneos. La exquisitez y delicadeza de estos trabajos hicieron que algunos artesanos sevillanos fueran reclamados para labrar aliceres en otras zonas. En cuanto a los motivos más trabajados en Sevilla, son muy variados; están, por supuesto, las formas geométricas, los elementos vegetales, florales y frutales, etc., pero también aparecen azulejos de tema heráldico, que habían empezado a florecer a mediados del siglo XIII. 

En cuanto a los artistas, han llegado hasta nuestro días los nombres de algunos de los maestros azulejeros que trabajaron en Sevilla, como, por ejemplo, Ferrán Martínez Guijarro, que trabajó en los revestimientos del Alcázar por orden de los Reyes Católicos; Juan y Diego Polido, que trabajaron en la Casa de Pilatos; y, como no, el de Francisco Niculoso Pisano, que desde su llegada a Sevilla, proveniente de Italia (todo indica que había aprendido el oficio en los famosos talleres de Faenza), en 1498, hizo interesantes aportaciones al arte de la azulejería al imponer un azulejo "plano", como ya se vio anteriormente. Muy pronto el buen hacer de Pisano fue reconocido por las grandes casas sevillanas, y los encargos se sucedieron. Tiene justa fama, por ejemplo, el sepulcro del caballero Íñigo López, que se encuentra en la iglesia sevillana de Santa Ana, realizado en 1503, o los dos retablos de azulejos realizados para el Alcázar, uno de ellos desaparecido. Sí se conserva otro, que realizó en 1504 y que se encuentra en la llamada Capilla de los Reyes Católicos. El motivo central es la Visitación de Santa Isabel a la Virgen María, dominado por los colores azul, blanco y amarillo, el cual mide 1,56 m de alto por 1,12 de ancho. El cuadro está rodeado de otros paneles que, a modo de marco, llevan representadas distintas figuras, además de los escudos de Isabel y Fernando. Con Francisco Pisano aparecieron además unos nuevos elementos ornamentales como animales mitológicos, máscaras, cornucopias y similares, que se denominan "grutescos" por haber sido tomados de las grutas romanas. Aunque el término "grutesco" es acuñado por primera vez en 1502, después de que a finales del siglo XV se descubriera la Domus Aurea de Nerón donde estos eran elementos de uso (como lo habían sido también en la Villa Adriano de Tívoli y otras construcciones), en Italia ya se empleaban desde hacía bastante tiempo. Esta decoración tendrá mucho éxito en época renacentista. 

Hasta su muerte, acaecida en 1529, Francisco Niculoso Pisano recibió numerosísimos encargos, y sus obras son fácilmente identificables, pues suelen contener la leyenda "Niculoso Francisco Italino me fecit". La huella de Pisano puede verse también en otras regiones, y perdura hasta el siglo XVII. Ya en el siglo XVIII, e influidos por los azulejos llegados de la ciudad flamenca de Delft, aparecieron los llamados azulejos de montería, donde desaparecen los colores brillantes en favor de los tonos morados, marrones y ocres con los que se representan escenas de cacerías y de toreo, y también galantes y pastoriles. Los azulejos sevillanos se exportaron desde la ciudad a muchas otras regiones de España, e incluso llegaron a Italia y a Francia. 

La exportación de azulejos desde Andalucía es comparable con la que, durante los siglos XIV y XV, tuvo lugar desde la zona de Levante. Tras la conquista de Valencia, en 1238, algunos de los mudéjares valencianos que permanecieron en el área decidieron dedicarse a la actividad cerámica, que ya era ampliamente cultivada en el territorio levantino. Paterna y Manises fueron, sin lugar a dudas, los dos grandes centros azulejeros, aunque también Valencia tuvo su importancia en la historia de la cerámica de Levante. Hay que decir, además, que la capital valenciana apreció muy especialmente la decoración azulejera, la cual se empleó no sólo en edificios religiosos y obras de arquitectura civil, sino que también fue singularmente acogida en las casas particulares, lo que facilitó el florecimiento de la industria. Los azulejeros, que estaban constituidos en gremios desde 1481, producían generalmente piezas de forma cuadrada, aunque también se fabricaban rectangulares, octogonales y hexagonales, estos llamados "alfardones". El tamaño suele oscilar entre los trece y los quince centímetros de lado, con un espesor de dos centímetros. El color más empleado en esta azulejería suele ser el azul, pero también se utiliza el reflejo dorado (de hecho, la cerámica de Manises tiene fama por el desarrollo que alcanzó esta técnica de decoración) y el morado. En cuanto a los motivos de los azulejos producidos en esta zona, hay que aclarar que se combinan los elementos heredados de la cultura árabe con los de la cultura cristiana. Pueden destacarse, por ejemplo, los que representan animales mitológicos, o los de motivos heráldicos, cuya producción se entiende si tenemos en cuenta que muchos de los encargos a los talleres procedían de casas nobiliarias; y también las losetas con marcas gremiales, donde se representan símbolos definitorios de cada oficio: un zapato, un torno, una tijera...

Desde Levante salieron azulejos con dirección a muchas provincias españolas, pero también para Francia, Portugal, Inglaterra, Italia, etc. Precisamente este país bautizó a los azulejos levantinos como "mayólica", pues llegaban a tierras italianas exportadas a través de la isla de Mallorca. Como anécdota, debe mencionarse que los papas Borgia hicieron traer desde Manises el pavimento para algunas habitaciones del castillo romano de Sant Angelo. También son maniseros los azulejos colocados en el techo de la iglesia de la concepción franciscana de Toledo, y algunos de los que se pueden ver en los monasterios de San Jerónimo de Murtra y de la Cartuja de Miraflores. 

A pesar de su extraordinario florecimiento durante los siglos XIV y XV, la cerámica de Manises fue perdiendo impulso con el paso de los años hasta el punto de que, como señala Trinidad Sánchez Pacheco, en 1572 se encargaron a un azulejero italiano las piezas que decorarían algunos salones del palacio de la Generalitat. Sin embargo, el azulejo siguió considerándose en toda la zona levantina un elemento decorativo por excelencia, en especial en la capital valenciana. Durante el siglo XVII, muchas casas y edificios civiles de Valencia se adornaron con azulejos, algunos de gran calidad, con composiciones diversas que van de escenas de la vida cotidiana a figuras de animales. También pueden destacarse los conjuntos de doce azulejos que se colocaron en el exterior de las casas que representaban al santo patrón de la familia que allí vivía, o incluso al santo al que se consagra una calle o un barrio. Digamos también, como dato de interés, que Antonio Gaudí llegó a viajar a Manises con el propósito de aprender los secretos de la cerámica de reflejo metálico; un alfarero de la zona llamado Cassany fue quien instruyó en este arte al maestro del modernismo catalán.

Un caso particular son los socarrats de Paterna. Aunque no se consideran azulejos auténticos, la técnica de los socarrats merece una atención especial. Muy desarrollados en la región levantina de Paterna, tuvieron gran auge entre los siglos XIV y XVI. Técnicamente, el socarrat es una pieza de barro mayor que el azulejo en cuanto a grosor y tamaño (suele medir unos 35 x 44 cm) que ha soportado una sola fase de cocción y que presenta un aspecto rugoso que en castellano se denomina "bizcochado". Antes de entrar en el horno, el ladrillo se recubre de una capa de cal y se decora con óxido de hierro, de manganeso o de mercurio. Los motivos decorativos variaban de las inscripciones a los motivos vegetales, pasando por los detalles geométricos, pero quizá los más notables fueron los dedicados a figuras animales y humanas. Algunos socarrats están decorados con figuras caricaturescas. Estas cerámicas se colocaban casi siempre en los techos de las casas, entre las vigas de madera, produciendo un singular y rico efecto decorativo. Es curioso que de estas muestras no se tuviera noticia hasta el siglo XX, cuando se encontraron por casualidad, en un lugar cercano a Paterna y llamado "Molino del Testar", varios ejemplos en unas excavaciones realizadas por los anticuarios Almenar y Novella y el experto ceramista González Martí.

Debe hacerse antes mención de la influencia del arte de Nicolás Pisano en otras regiones españolas, y quizá en ninguna fue tan evidente su influjo como en la zona de Castilla, y más concretamente en la ciudad toledana de Talavera de la Reina, donde su fama llegó a ser enorme, convirtiéndose en la cerámica más apreciada en el Siglo de Oro español. Al parecer, la influencia de Pisano llegó a tierras de Talavera cuando el artista empezó a contratar artesanos de la zona para atender los pedidos que recibía del área de Castilla, pues los azulejeros de Toledo tenían fama de trabajar especialmente bien, y sus azulejos eran bastante parecidos a los que se hacían en Sevilla, aunque parece ser que eran algo menos brillantes y ligeros. Los maestros aprenderán pronto las nuevas técnicas traídas por Pisano, y las siguieron utilizando para posteriores trabajos. Los azulejos de Talavera fueron, eso sí, algo más sencillos, decorados muchas veces con una figura en solitario trazada meticulosamente. También se emplearon motivos florales y heráldicos. En cuanto a los colores, se empleó en un principio un repertorio más limitado, en el que destaca el color azul sobre fondo blanco, aunque pronto evolucionaron hacia otros tonos como el naranja, el amarillo o el verde. Durante el siglo XVI destacaron como maestros azulejeros en la zona el maestro Juan Fernández, que llegó a asumir la realización de nueve mil azulejos con destino al Monasterio de El Escorial, y fue también responsable de los paneles de azulejos que decoran la ermita de la Virgen del Prado, en Talavera. Juan Fernández, al parecer, siguió la influencia artística que introdujo en España el ceramista flamenco Jan Floris (cuyo nombre se españolizó en el de Juan Flores), que trajo de tierras flamencas unos motivos de decoración que se conocen con el nombre de "ferroneries". En la misma época que Fernández trabajó Lorenzo de Madrid, que a finales del XVI decoró los azulejos que hoy pueden verse en el Consistorio de la Generalitat barcelonesa. Durante el siglo XVII la cerámica de azulejos en Talavera siguió conservando justa fama, aunque la industria sufrió un retroceso, a pesar del cual muchos talleres siguieron produciendo excelentes piezas. Los azulejos fabricados en Talavera fueron comercializados en muchas ciudades de Europa y América, y hoy la artesanía cerámica talaverana sigue siendo muy apreciada.

En Cataluña, la industria cerámica comenzó a adquirir pleno desarrollo en el siglo XVI, implantándose definitivamente a lo largo del XVII. Como en Cataluña se exportaban desde Valencia ingentes cantidades de azulejos, se decidió empezar a fabricarlos en la región, y es por ello que en los primeros tiempos era demasiado evidente que los azulejos catalanes estaba intensamente influidos por los que llegaban de Valencia, aunque no tenían su delicadeza. Por ejemplo, si los azulejos que llegaban desde Levante estaban decorados a pulso, los catalanes decoraban los suyos por medio de las láminas de trepa. Según apunta Carlos Cid, entre los azulejos catalanes podemos distinguir tres grandes grupos: 

Los ornamentales, en los que predominan las flores, frutas y guirnaldas, combinadas a veces con motivos geométricos, en ocasiones fabricados para "enmarcar" figuras religiosas. Estos azulejos solían ir destinados a zócalos o arrimaderos, como es el caso del conjunto que en la segunda mitad del XVII elaboró el artesano Llorenç Passoles y que pueden verse en la Casa de la Convalescencia de Barcelona.

Los llamados rajoles d´oficis, o losetas en varios colores y con un solo tema decorativo, procedente por lo general de las populares "aleluyas". De estas las mas populares son las de los oficios, que son las que dan nombre a estos azulejos, aunque a veces sus motivos pueden ser otros, como en las llamadas "del sol y la luna". Aunque estas piezas alcanzaron su mayor auge en los siglos XVII y XVIII, es casi seguro que ya se fabricaban en el siglo XVI. 

Los azulejos de composiciones murales, o grandes paneles con escenas diversas. En la azulejería catalana se encuentran en composiciones de carácter religioso, como los que pueden contemplarse en el claustro del convento de los Recoletos, en Tarrasa, que representan escenas de la vida de San Francisco de Asís. También se cultivaron distintas escenas de temática profana, que representan desde batallas navales (como el fechado en 1649 y que representa una batalla ante la ciudad de Lérida durante la Guerra de Els Segadors) a escenas de la vida cotidiana. De principios del siglo XVIII datan dos grandes paneles que pueden hoy contemplarse en el Museo de Arte de Barcelona, en uno de los cuales se representa una corrida de toros celebrada en la Plaza Mayor de Madrid, y en otro una merienda campestre donde puede verse a gente bailando, músicos tocando sus instrumentos y criados preparando las viandas. Esta obra tuvo como destino la residencia del conde de Castellar, en Alella, y se conserva en el museo de Cerámica de Barcelona. Es, por otro lado, en Cataluña donde se cultiva magníficamente el arte del llamado "azulejo de muestra", una serie de cuatro azulejos formando un solo dibujo, de cuyos motivos decorativos se conocen más de mil variaciones que van desde las más diversas formas geométricas a los temas vegetales.

Por último, debe destacarse la azulejería de Aragón, de notable importancia. Debe señalarse que la existencia de la artesanía cerámica en la zona se remonta a épocas anteriores al siglo XII, pues existen datos que confirman que ya entonces se cultivaba en Calatayud la decoración de reflejo metálico, una técnica de especial dificultad que indica el alto grado de evolución de la cerámica. En el ábside de la iglesia de San Pedro Mártir, en Calatayud (s. XIV), han aparecido restos de azulejos de reflejo metálico; son estrellas de ocho puntas con decoración en azul cobalto o en azul y morado, con temas heráldicos que se combinan con otros motivos geométricos, animales o vegetales. En la zona de Muel se localiza asimismo un importante centro productor de azulejos, generalmente de la variedad de arista, donde se ejecutaron grandes paneles formados por muchas piezas, aunque también es frecuente encontrar losetas individuales de un solo tema. Dentro de la azulejería aragonesa hay que citar los azulejos del convento de Santa Clara, en Teruel, o los de la iglesia de Corbalán.

Un figura excepcional: Gaudí

Quizá ha sido el genial arquitecto uno de los artistas que mejor ha sabido entender el azulejo como elemento ornamental de las composiciones arquitectónicas. El modernismo catalán ya había adaptado el azulejo como elemento decorativo, siguiendo con la simbiosis entre arte e industria que había caracterizado otros movimientos artísticos europeos como el Art Nouveau, el Jugendstil o la Secession de Viena. Así, distintas construcciones de la época (como las torres del Asilo Durán, de Josep Pellicer; el Arco de Triunfo de Vilaseca; y el Palau de la Música de Domenech y Montaner), adoptaron el uso de la cerámica vidriada para la decoración de sus construcciones. Además, y la tras la Exposición Universal de 1888, se consideró primordial el embellecimiento de la ciudad y la decoración de interiores. Los arquitectos empezaron a solicitar la colaboración de talleres y artesanos industriales capaces de confeccionar cerámicas vidriadas siguiendo los diseños de los decoradores. Entre estos talleres destaca el de Jaime Pujol y Bausis, al que sucedió su hijo Pablo, que trabajó para Gaudí, Sagnier, Buigas, Vilaseca, y Domenech y Montaner. 

En el caso concreto de Gaudí, es posible que la particular relación de su trabajo con el azulejo naciese a raíz del encargo que le hizo precisamente un fabricante barcelonés de ladrillos y azulejos, de nombre Manuel Vicens i Montaner. Este industrial pidió al arquitecto que proyectase para él una vivienda en el número 24-26 de la calle Carolines, en pleno Barrio de Gracia. Era la primera vez que el arquitecto proyectaba una vivienda en Barcelona. Gaudí tuvo entonces la idea de decorar el exterior del edificio (que, por cierto, contaba con un terreno ajardinado) con azulejos colocados en damero, que dan al edificio un aire vagamente árabe. Los azulejos elegidos fueron verdes y blancos, aunque hay otros decorados con flores. Ya dentro de la finca, y en los arrimaderos, vuelven a utilizarse los azulejos. Esta obra de Gaudí, que fue muy bien recibida, es un buen ejemplo de cómo pueden conjugarse la arquitectura y las artes plásticas. 

De la misma época que la casa Vicens es el encargo que a Antonio Gaudí realizó Máximo Díaz de Quijano para su residencia de Comillas, Santander. Esta obra se conoce con el nombre de "El Capricho", y es uno de los más brillantes trabajos que Gaudí realizara fuera de Cataluña. El exterior del edificio está decorado con azulejos en relieve donde se alternan los girasoles con hojas verdes y frondosas. 

Un año más tarde, en 1884, Gaudí asumió la ejecución de las obras de la finca de Eusebio Güell. Allí, Gaudí usó fragmentos de azulejos coloreados para revestir una cúpula y otros motivos de la finca. Esos fragmentos de azulejo, conocidos como "trencadís", son algo más que un elemento decorativo original: permiten además abaratar los costes de la obra, pues los azulejos utilizados procedían de material desechado por las fábricas, que lo vendían a precios muy ventajosos. Gaudí se las ingeniaría para conseguir restos de muy distintas fábricas de cerámica, incluyendo las prestigiosas firmas de Pickman y de Limoges. Más tarde, trozos de mosaico vidriado comprados a un fábrica de Murano se emplearían para cubrir parte de las torres de la Sagrada Familia.

Es quizá en otra obra encargada por la misma familia, el famoso Park Güell (declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en 1984) donde la cerámica esmaltada tiene un sitio de honor como material decorativo, recubriendo tanto el interior de los pabellones como los animales que adornan el parque y que transportan al visitante a un mundo onírico de formas y colores. Llama la atención el gran banco ondulado recubierto de azulejos polícromos, una de las piezas más notables de este conjunto.

También hay que destacar el espectacular efecto conseguido por Gaudí con el empleo del azulejo en la Casa Batlló, situada en el número 43 del barcelonés Paseo de Gracia, y construida entre 1904 y 1903 por encargo del empresario textil Josep Batlló. En este hermoso edificio, la luz se alía con el material que recubre los tejados para conseguir extraños efectos visuales que varían según las horas del día. Las buhardillas del edificio están cubiertas con piezas que asemejan escamas que nos hacen pensar en un reptil mitológico. Las chimeneas, y también los depósitos de agua, se recubrieron con cerámicas de gran variedad cromática. El empleo del azulejo se extiende a la escalera de la casa, y es especialmente interesante el efecto conseguido gracias a este material en el patio de luces de la vivienda. Gracias a la gradación en azul de los azulejos que recubren este patio interior, Gaudí consiguió un magistral efecto lumínico que parece esparcir la escasa luz que llega al patio. 

Otra de las obras magnas de Gaudí, la Casa Milá o La Pedrera, construida entre 1906 y 1910, es menos pródiga en el uso del azulejo, pero sí se usó este material para recubrir parte de las chimeneas de la azotea.

El azulejo en otros países: influencias españolas

Portugal

El arte de los azulejos penetró en Portugal desde España a mediados del siglo XV, convirtiéndose en el elemento decorativo por excelencia, hasta el punto de que más del 75% de las construcciones portuguesas lo han adoptado como pieza de adorno, y no sólo en el interior de las edificaciones, sino también para cubrir (siempre magníficamente) algunas fachadas. Ya en el siglo XVI la catedral de Coimbra se decoró con azulejos que fueron especialmente encargados a un taller sevillano. El rey Manuel I, de cuyo nombre deriva el estilo arquitectónico conocido como manuelino, promovió en las edificaciones el uso del azulejo, y a comienzos del siglo XVI salieron desde Sevilla miles de azulejos con destino a diferentes edificios portugueses. A mediados del XVI comenzó en Lisboa la producción propia de azulejos, y pronto los artesanos portugueses se revelaron como excepcionalmente diestros en la confección de ese tipo de cerámica con la que empezaron a decorar las paredes de palacios y casas señoriales de la ciudad de Lisboa. Así pues, las familias aristocráticas de Portugal se rindieron pronto al arte del azulejo. Desafortunadamente, el terremoto de 1755 que devastó la ciudad hizo que se perdieran muchas de las obras maestras compuestas por los maestros azulejeros lisboetas en esos primeros tiempos. 

La industria azulejera en Portugal siguió desarrollándose ya independientemente de la influencia española, y lo mismo que había ocurrido en Lisboa, aparecieron también en Oporto y Coimbra importantes factorías de azulejos. Los colores empleados mayoritariamente por los artesanos portugueses fueron el azul, el verde y el amarillo sobre fondo blanco, y los motivos preferidos van desde las escenas de batalla hasta los animales, pasando por las figuras humanas, vegetales, etc. Hoy existe en Lisboa un excepcional Museo del Azulejo donde puede encontrarse recogida toda la historia de este arte con valiosos ejemplares de diferentes épocas. Hay que señalar también que fue Portugal el camino de entrada para Brasil de la industria del azulejo ya a principios del siglo XIX, con el traslado al país de la familia real, que de alguna forma exportó al país americano un arte tan aplaudido en su nación de origen.

Amberes

El arte de la azulejería empezó a desarrollarse en la ciudad de Amberes desde mediados del siglo XVI, pues la influencia española en este punto es también importante. Parece claro que, durante el siglo XV, se importaron desde España hasta Amberes diferentes muestras de azulejería que fueron muy bien acogidas. Más adelante, ya en el siglo XVI, se desarrolló en la ciudad la artesanía del azulejo con fuerte influencia italiana, que llegó de la mano de artesanos como Guido di Savini, cuyo trabajo continuó brillantemente su discípulo Pierre Frans van Venedigen. En este momento, los colores más utilizados para la azulejería fueron el azul, el naranja, el amarillo, el verde y, menos frecuentemente, el morado. 

En definitiva, todo el azulejo confeccionado en Amberes refleja una palpable influencia española e Italiana. El influjo de España, surgido de las relaciones políticas entre los dos países, es más visible en los azulejos que decoran los muros, muchos de los cuales muestran pinturas de gran delicadeza. 

La herencia italiana se refleja en el empleo de azulejos para la construcción de suelos de gran riqueza artística. Es el caso, por ejemplo, del suelo de la capilla que Margarita de Austria, regente de Holanda, encargó como homenaje a su esposo Filiberto II, fallecido en 1504. En 1526 encargó la ejecución del pavimento de la capilla que serviría de tumba a su marido y a ella misma; mediante azulejos pintados, en el pavimento se recrean una serie de alegorías completadas con retratos cuidadosamente realizados. Aunque este trabajo fue destruido en el siglo XIX, todavía se conservan algunos restos en el museo parisino del Louvre. Unos años más tarde, en 1532, la abadesa de Herckenrode encargó al maestro Van Venedigen un suelo de azulejos para la abadía del que hoy se conservan quinientas piezas en el Museo Real de Bruselas.

Otro de los más importantes trabajos que se ejecutaron en Amberes durante la época fue el mural de azulejos que representa la conversión de San Pablo, cuyo autor es desconocido. Según los expertos, en este trabajo se aprecia claramente la influencia de los azulejos españoles utilizados para la decoración de fachadas. De hecho, prácticamente todos los artesanos de Amberes mantuvieron contacto con España e Italia. Es muy significativo el caso del mencionado Jan Floris, que llegó a trasladarse a España para trabajar en distintos proyectos auspiciado por el rey Felipe II. 

Países Bajos

La producción de azulejos en Holanda se desarrolló, por su parte, desde el siglo XVI con una palpable influencia española. La época en que el país estuvo bajo la dominación de la Corona de España fue fundamental para que los artesanos holandeses tuvieran ocasión de apreciar, por ejemplo, el uso del azulejo como elemento decorativo de paredes, aunque bien es verdad que muy pronto el azulejo holandés se desarrolló al margen del español y encontró su propio lugar en la historia de la cerámica.

El azulejo en el Islam

Los orígenes precisos del arte cerámico en el mundo islamita siguen siendo un misterio. Según una leyenda, las cerámicas esmaltadas del Mihrab de Kairouan (en las cercanías de Túnez) fueron traídas desde Bagdag en el siglo IX por un hombre muy rico que pensaba decorar con ellas su palacio; sin embargo, arrepentido por haber pecado contra Alá, ofreció en sacrificio aquellos azulejos, que se colocaron en la mezquita. De ser cierta esa leyenda, los azulejos de Kairouan serían las piezas islámicas más antiguas que se conservan, pero es difícil comprobar este punto, como también lo es aventurar la segura riqueza de las decoraciones con azulejos que se hicieron en esa época en la antigua y ya destruida la ciudad de Bagdag. El nombre persa de la ciudad significa "la otorgada por Dios", y su fecha de fundación se remonta al siglo VIII. Nada queda ya de la ciudad de las mil y una noches, pero los textos hablan de una urbe fastuosa de gran riqueza y prodigios de arquitectura, donde el azulejo convivía con los frescos y los estucos como motivo decorativo.

Lo que sí puede asegurarse es que el arte de la cerámica (y, en consecuencia, del azulejo) es una de las señas de identidad del arte islámico y una expresión del ancestral culto al fuego. Existen algunas muestras de platos de cerámica esmaltada aparecidos en las excavaciones realizadas cerca de la ciudad de Samarra, que son muy anteriores al siglo X, y también sabemos con toda seguridad que ya entonces los pueblos islámicos conocían la fórmula para proporcionar al esmalte reflejos dorados. En este punto merece la atención la intensa actividad cerámica que se desarrolló en la pequeña ciudad persa de Kashan, en cuyas inmediaciones existían yacimientos de materiales aptos para la fabricación de cerámicas. Allí se elaboraron las piezas para revestir el mihrab de la mezquita mayor, cuya construcción data del siglo XIII. Algunas de las piezas son de reflejo dorado. En esta localidad se desarrolló asimismo una industria cerámica tan boyante que muy pronto en Persia se empezó a conocer como "kashan" cualquier pieza cerámica. Los artesanos de Kashan fabricaron unos originales azulejos en forma de estrella decorados con animales, plantas y figuras humanas. La ciudad persa de Yedz, situada en las inmediaciones del desierto, vivió en el siglo XIV una etapa de esplendor y bonanza económica que se reflejó en la construcción de muchos edificios, algunos fastuosamente decorados, en los cuales se empleó en ocasiones el azulejo como material, como es el caso de la Mezquita del Viernes, donde se usaron aliceres de varios colores. La cerámica esmaltada se empleó también en Persia para decorar los alminares de las mezquitas. 

Durante la época timúrida (1350-1500) se construyeron edificaciones empleando el azulejo como elemento decorativo de primera importancia. Tal es el caso de la Mezquita Azul de Tabriz, levantada a mediados del siglo XV, que se decoró con cerámica vidriada, combinada en algunos casos con ladrillo visto, fórmula que también se empleó para decorar la entrada de un fastuoso monumento funerario: el mausoleo del sultán Chodska. Otro mausoleo, el que el poderoso Tamerlán hizo construir para su hijo en la ciudad de Kesh, estaba decorado con azulejos en azul y en oro.

De influencia persa es el uso de la cerámica en las edificaciones turcas. La arquitectura otomana anterior a la toma de Constantinopla ha dejado muestras como la Mezquita Verde de Ishnik, recubierta de azulejos de ese color. Una vez conquistada la ciudad, Constantinopla vio como se levantaban mezquitas y otras obras civiles siguiendo las líneas del arte otomano, que se decoraron con ricos azulejos a veces combinados con estucos.

También la cerámica india es de origen musulmán. Aunque en las tierras de la India la técnica alfarera se conoce desde tiempos remotos, lo cierto es que el empleo del azulejo nunca acabó de cuajar del todo. Encontramos, eso sí, algunas muestras hijas de la influencia persa. En la ciudad de Bidar, por ejemplo, se emplearon azulejos para la decoración de algunos edificios civiles, como la madrasa fundada en 1472 por Mahmud Gawan, que se recubrió con tejas vidriadas de colores blanco, verde y amarillo. Las tejas de barro coloreado han servido también para recubrir muros como los del fuerte de Lahore, consiguiendo bellos efectos de color. Pero tradicionalmente la arquitectura india ha preferido como elementos decorativos los relieves cincelados, la piedra arenisca roja, los mármoles o incluso las piedras semipreciosas como el ónice o la malaquita.

Azzoni-Avogari, Rambaldo de, arqueólogo italiano (1719-1790)

Recibió las órdenes, fue nombrado canónigo, y reorganizó en su ciudad natal la Academia de los Solleciti, estableciendo además una sucursal de la Academia de los Arcades. Sus principales obras son: Memorias del beato Eurico, muerto en Treviso el año 1315; Consideraciones sobre las primeras noticias de Treviso.


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