Asia
Es la parte más extensa del antiguo continente, con una extensión de casi 45 millones de km², algo menos de un tercio de todas las tierras del globo.
Limita:
Oeste: La cadena de los Urales la une por el Oeste con la península europea, mientras que el Itsmo de Suez, cortado por el canal del mismo nombre y el Mar Rojo, la separan de África.
Este: Está bañada por el Océano Pacífico y un exiguo brazo de mar, el Extrecho de Bering, separa la Península de Chuckchi, en el extremo Norte de Asia, de la Península americana de Alaska.
Norte y Sur: se abre el Océano Glacial Ártico y el Índico respectivamente.
Arte
El arte se halla representado en Asia por una multiciplicad de expresiones que reflejan los hábitos de vida y los patrimonios culturales de cada pueblo. Un ejemplo importante en la formación cultural e histórica de Asia es su distribución territorial en diversas áreas geográficas. 2 zonas principales se extienden en fajas longitudinales de Occidente a Oriente, una longitudinal y otra septentrional.
En las fajas meridionales surgieron las grandes civilizaciones urbanas y los organismos políticos nacionales, sin embargo, en las septentrionales, el nomadismo impidió toda organización étnico – política estable. En la parte meridional nacieron, desde la más remota antigüedad, 4 principales centros de civilización: Mesopotamia, Irán, China e India. El área de contactos e intercambios fue, durante varios s., el Asia Central, a través de la cual pasaron las migraciones, se intensificó el comercio y se difundieron ideas y religiones. Las civilizaciones de Occidente, y de manera especial, la civilización grecorromana, ejercieron gran influencia en la evolución del arte asiático, el cual, a su vez, también influyó en ellas.
Un intenso ciclo de actividad artístico – cultural se desarrolló en la región mesopotámica desde el V al IV milenio a. de J.C. Parte de la antigua producción artística se halla representada por una cerámica con decoración pintada a base de motivos geométricos o naturalísticos, que revelan numerosas analogías con la producción de vasijas iránicas. A partir del IV milenio a. de J.C., en algunos centros de Mesopotamia se desarrolló una arquitectura monumental, tanto religiosa como civil. En el transcurso del III milenio a. de J.C., una vez formada la civilización sumeria, la arquitectura alcanzó una característica grandiosidad de estructura: se construyeron templos con amplias terrazas superpuestas, unidas entre sí mediante escalinatas, y palacios rodeados por altas murallas y por torreones en las entradas. También las artes figurativas alcanzaron gran desarrollo, la escultura se especializó en una producción de pequeñas estatuas de valor simbólico o votivo, bajos relieves, lozas y estelas conmemorativas. En cuanto a las artes menores, consiguió notable perfección en la orfebrería y en la incisión de piedras duras. El arte sumerio (desarrollado en Mesopotamia) persigue, ante todo, la exaltación de los valores religiosos y de la dignidad real. Esa característica, fundamental de dicho arte, se considera casi inalterable en casi toda la producción artística mesopotámica, nutrida, en parte por los frecuentes contactos con el arte egipcio y con las demás regiones del Oriente mediterráneo.
Durante el II milenio a. de J.C., babilonios y asirios dieron nuevas características al arte sumerio. La arquitectura consiguió sus más espléndidas afirmaciones en las ciudades de Assur, Nínive, Kalchu y Arbelas, con los grandes edificios de características terrazas y templos en forma de torre. Entre las artes figurativas brilló, de manera especial, la escultura que, en esculturas y bajo relieves, adquiere gran solemnidad y grandeza. En el bajo relieve se encuentra cierto gusto narrativo de inspiración realista, con intensos conmemorativos y laudatorios de las gestas de los soberanos y los héroes. Pero las tendencias figurativas no preludian una mayor vivacidad hasta el I milenio a. de J.C. Bajo la influencia artística de Grecia y, sobre todo, del Irán, el arte mesopotámico está destinado a cerrar el ciclo de la gran tradición sumeria y a transformarse en una expresión secundaria de la cultura iránica.
Desde los principios de la evolución cultural, el Irán asumió una función de conexión entre la Asia anterior y el Oriente Mediterráneo por un lado, el Asia Central y Oriental, por otro. La producción más antigua de esta región presenta una fisonomía bien definida. Aún en la variedad de las corrientes estilísticas, el repertorio ornamental de la cerámica demuestra un agudo sentido deroativo. Las imágenes son realistas y se inspiran en el mundo animal, interpretándose a través de formas estilizadas y esquemáticas. A partir del III milenio a. de J.C., la metalúrgia enriquece una abundante producción artística, de la que se conservan interesantes muestras en la región de Luristan (Persia). En plena edad historica el arte iraní llega a una fase de máximo florecimiento bajo la dinastía de los Aqueménides (557 – 331 a. de J.C.); arte eminentemente real, creado para la glorificación del ideal de soberanía urniversal, como demuestran los Palacios Reales de Susa y Persépolis. La decoración escultórica, que prefiere la representación de genios, toros alados y monstruos y figuras aladas, es rica y solemne, y revela inspiración mesopotámica.
La irradiación cultura aqueménida llegó hasta territorios muy distantes, pues se extedió por el Cáucaso, Rusia meridional, Asia central e India, penetrando directamente en el Oriente anterior. Con el ocaso del imperio Aqueménida, el arte persa entra en la órbita del helenismo. En la época Sasánida (224 – 651), el territorio iránico se reconstituye políticamente bajo una dinastía nacional, y el arte presenta un retorno al gusto conmemorativo que repite el sentido de los monumental. La producción artística del Irán durante el período islámico se acopla al arte sasánida y se prolonga a través de más de un milenio, hasta nuestros días. De este modo, el arte iránico, auqnue asimilando el estilo árabe – musulmán, no pierde las características de su tradición y da vida a una expresión compuesta, cuyos valores más auténticos se señalan en las elegantes arquitecturas, en las cerámicas y en los bronces. La miniatura, en especial, alcanzó la máxima perfección y se impuso en todo el mundo islámico.
La difusión del Islamismo en las regiones del Próximo y Medio Oriente, influyó profundamente en el desarrollo cultural y artístico de cada país. Recayó sobre el Islam la tarea de volver a elaborar y unificar las diversas expresiones artísticas en un lenguaje unitario, que resultó de la fusión de elementos de diverso orígen y épocas. Los principios del arte islámico se consideran como pertenecientes a la segunda mitad del s. XII al pasar el califato a Damasco, bajo la dinastía de los Omeyas. En el primer período, la arquitectura civil se manifestó en la construcción de grandes residencias, mausóleos y hospederías a lo largo de los caminos de las caravanas; en cuanto a la arquitectura religiosa se erigieron numerosas mezquitas y edificios conventuales. Las técnicas de construcción unieron, a las estructuras de derivación árabe – prehislámicas, elementos del arte helenísitico tardío, copto y sasánida. La influencia sasánida, particulamente, se reflejó en toda la producción artística del Islam, que asimiló aquel gusto decroativo, cuyos detalles alcanzaron gran brillantez en la arquitectura musulmana. Más tarde, el Irán se opuso más claramente al elemento cultural árabe, lo que dio, a partir del s. X, un retorno a las tradiciones sasánidas. A partir del s. XV, el influjo otomano dominó en todo el arte del Islam y favoreció la búsqueda de nuevos caminos estilísticos. En Persia, con la dinastía de los Safawi, se produjo un renacimiento nacional y el arte conoció un nuevo período de desarrollo. Se edificaron grandes obras arquitectónicas y se perfeccionaron de manera especial ciertos géneros de las artes menores, como el tejido, que produjo en aquella época sus mejores creaciones. El arte islámico llegó a su fin en el s. XVIII, y los continuos contactos que entonces tuvo con la moderna civilización europea dieron nacimiento a formas artísticas mixtas.
Entre la segunda mitad del III y la primera del II a. de J.C. floreció en el territorio indo – pakistaní una civilización que tuvo su centro en las localidades de Harappa, Mohenjo – Daro y en otros lugares a lo largo del Indo. La producción artística de esta época presenta numerosas analogías con las de Mesopotamia y del Irán, y se hallan documentadas por numerosos ejemplos, de un arte figurativamente desarrollado. Dan fe de ello algunas esculturas y estatuillas de bronce y, sobre todo, una serie de sellos ornamentados con fugyras inspiradas, en su mayoría, en el reino animal. Este arte parecía anunciar un gran esplendor, pero la invasión de los arios en los ultimos s. del II milenio a. de J.C., detuvo todo progreso; en consecuencia, el desarrollo del arte indio se interrumpió durante un largo período y no renació hasta la segunda mitad del I milenio d. de J.C., bajo la influencia del arte auqeménido – tardío y por impulso de la religión budista. Las primeras grandes manifestaciones se produjeron entre los s. IV y II a. de J.C.: se construye el Gran Palacio Imperial de Pataliputra, se levantaron innumerables columnas conmemorativas, se esculpieron santuarios rupestres y se elevaron los primeros “stupas” (monumentos destinados a conservar reliquias sagradas o a recordar importantes acontecimientos relativos a la vida de Buda). El repertorio figurativo se enriqueció con el aporte helenístico y, ante el ejemplo del mundo clásico, nació luego la iconografía religiosa. Durante los primeros s. De la era cristina, las escuelas de arte budistas se afirmaron ampliamente en la India, y la producción más antigua dá indicios de una unificación de lenguajes y formas, entre la tradición india y la influencia extranjera. Durante los s. IV y V nació el arte propio del hinduísmo, creándose nuevas estructuras de templos y nuevos tipos iconográficos, y el arte expresó sus ideales con una expresión formal absoluta. Tras este período la producción presenta una multiplicadad de estilos y modelos tradicionales. A partir del s. VIII la India sufrió una progresiva penetración musulmana, que alcanzó proporciones enormes entre los s. XII y XIV. Esta conquista trajo consigo una radical revolución en el arte y en la vida cultural del país: la tradición hindú floreciente desde s. atrás fue en parte sustituída por corrientes artísticas extranjeras. El apogeo del arte islámico se alcanzó entre los s. XV y XVII. A esta época pertenecen el grandioso Taj mahal de Agra, el Palacio Imperial de Delhi y las grandes Mezquitas de Agra y Delhi. En la pintura de esta época se encuentran una combinación de elementos persas e hindúes, especialmente en la miniatura, en la que la tendencia naturalística de la India se revela como uan fuerza que revela la elegancia aristocrática y un poco convencional de los modelos iránicos. Finalmente en el s. XIX, bajo las influencias europeas, el arte hindú empezó a renovarse, constituyendo una especie de prólogo para una estética artística moderna que, no obstante, va siguiendo el zurco trazado por la antigua tradición clásica.
Por su significación geográfica, la influencia hindú alcanza toda el Asia central y oriental, llegando hastas las regiones insulares del Océano Índico y Pacífico. Esta penetración se vió favorecida especialmente por la obra de propagación religiosa que la India había iniciado ya durante los últimos s. anteriores a la era cristiana, fuera de sus propias fronteras. Como consecuencia del Budismo y, en menos escala, del Brahmanismo,un arte que exaltaba los valores espirituales de estas religiones se difundió por Afganistán, el Asia Central, China, Corea, Japón, Indochina e Indonesia.
Las más antiguas manifestaciones artísticas de China se remontan a la época neolítica; sirve como testimonio de ello una rica producción cerámica, cuya decoración se basa en motivos geométricos. En la Edad del Bronce, es decir, desde mediados del II milenio a. de J.C., la aparición de la vida urbana tuvo sus repercusiones en la producción artística del país. El arte del bron ce, que se extendió en el transcurso del I milenio a. de J.C., logró una de sus más elevadas expresiones en las formas de los vasos rituales y en su decoración. A partir de los últimos s. antes de la era cristiana alcanzan asimismo gran desarrollo las artes figurativas. La escultura en piedra representa figuras de animales reales y fantásticos, y el modelado de la terracota se especializa en una vasta producción de figurillas de arcilla. Durante los s. III y IV se desarrolló también la producción pictórica, en cuyos inicios se perfila la personalidad de Ku Kai – Chic (344 – 406). A lo largo del s. V, la China septentrional quedó bajo el dominio de los Tabga č , cuyos artistas cultivaron un arte de inspiración budista. Su pintura está representada por las pinturas murales de las grutas de Tun – Huang y Lung – Men, caracterizadas por colosales imágenes de divinidades labradas en la piedra. A partir de la época T’ang (618 – 907) y como consecuencia de la extensa propagación del budismo, la arquitectura elaboró formas constructivas nuevas entre las que sobresale de manera especial las pagodas, edificios de varios pisos con tejados superpuestos y plantas cuadradas o poligonales. Una vez asimiladas a la escultura las influencias extranjeras, se produjeron obras de elevado valor que quizás se aparten del repertorio figurativo del arte budista. La pintura consiguió sus más elevadas manifestaciones en la época Sung (960 – 1279), en la que también el trabajo de la porcelana alcanzó un elevado nivel artístico. Bajo la dinastía Yüan (1279 – 1368) la pintura continuó su vasta producción. A las tradicionales representaciones de paisajes hay que añadir, al prevalecer la influencia mongólica, representaciones épicas y caballerescas. Con la dinastía Ming (1368 – 1644) se produjo una continuación de las tendencias artísticas anteriores; especialmente la porcelana alcanzó su máximo desarrollo. La dinastía Manchú (1694 – 1911) coronó las últimas manifestaciones de la producción artística china, que entonces revela las influencias del arte europeo.
El patrimonio artístico cultural de Japón experimentó una profunda convulsión durnate los s. V y VI como consecuencia de la introducción de la cultura china y el budismo. En la arquitectura, junto con las técnicas tradicionales de construcción, empezaron a surgir los primeros templos budistas, cuyas estructuras son un eco de tipos fundamentales de las análogas construcciones chinas. También al principio las artes figurativas se limitaron casi exclusivamente a temas de inspiración budista. Pero, poco a poco, fue desarrollándose en la pintura y en la escultura, un arte cuyas formas escapan a la influencia china y cuya inspiración era inminentemente profana. Las tendencias precedentes de Occidente, que se manifestaron a partir de los s. XVI y XVII, dejaron su más profunda fuella en la arquitectura de los castillos. Un género artístico que influyó en las corrientes de la pintura europea del s. XIX fue la xilografía, entre cuyos representantes más insignes se encuentran Utamaro Hokusai e Hiroshige.
Arte del Sureste asiático
Conjunto de manifestaciones artísticas desarrolladas por las naciones del Sureste asiático (tanto del continente como de las islas) desde la prehistoria hasta nuestros días. Esta amplia zona comprende Vietnam, Laos, Camboya, Tailandia, Birmania (actualmente Myanmar) y Malaysia; Sarawak, Brunei y Sabah en el extremo norte de Borneo; Kalimantan, la mayor parte de Borneo, y Sumatra, Java, Sulawesi y la provincia indonesia de Papúa (Irian Jaya). Entre las islas de Java y Nueva Guinea se encuentran muchas islas más pequeñas, como Bali, Flores, Timor y Sumba, todas ellas con una cultura característica.
Una buena parte del arte y la arquitectura del Sureste asiático está estrechamente vinculada, por un lado, con las religiones indígenas y, por otro, con el hinduismo, el budismo y el islam, que penetraron procedentes de la India. En los primeros siglos de nuestra era, algunos aspectos de la religión y del arte de la India pasaron a formar parte de la cultura esencial del Sureste asiático. En toda la región se produjeron cambios radicales. En las artes, la nueva iconografía servía para intensificar la veneración animista y ancestral. En arquitectura, la construcción de templos de ladrillo y de piedra vino a sustituir a las casas de los clanes, hechas de madera y de otros materiales perecederos. También cambió la manera de utilizar la tierra. Los planos de los asentamientos preíndicos en el Sureste asiático responden de manera individualizada a la topografía local y a los recursos naturales, especialmente el agua. La forma de cada emplazamiento está determinada por el terreno. En contraste, el diseño y trazado global de los emplazamientos se vuelve más uniforme con la construcción de los templos hindúes y budistas, en los cuales la forma viene dictada más por la doctrina religiosa que por la topografía.
En muchos casos el vocabulario artístico de la India se convirtió en parte integrante de la cultura del Sureste asiático. Por ejemplo, Birmania, Laos, Tailandia y Camboya son actualmente países totalmente budistas; se distinguen algunas prácticas religiosas localizadas, incluyendo también la influencia hindú y los vestigios que quedan de las creencias anteriores a la llegada de los dogmas procedentes de la India. En Indonesia y en Malaysia prevalece el islam, que se viene practicando desde el siglo XII y que cada país ha ido modificando a lo largo de los siglos. En cuanto a Bali, ha predominado el hinduismo durante mucho tiempo. En muchas de las otras islas, la conversión al cristianismo no se ha producido hasta el siglo XX, mezclándose con las creencias ancestrales ya existentes.
Los países del Sureste asiático, que han recibido la influencia del budismo y del hinduismo, rinden homenaje a las tradiciones indias, pero, naturalmente, la evolución localizada a lo largo de muchos siglos ha quedado reflejada en su arte y arquitectura. La adopción de la religión y el arte índicos no fue el resultado de la colonización india, sino un proceso de selección generado por las preferencias locales. Por ejemplo, la iconografía india, con sus representaciones de almas, resultaba especialmente atractiva para su aplicación a la arquitectura del Sureste asiático, donde se concedía gran importancia a la veneración del espíritu.
Las pinturas, posiblemente prehistóricas, encontradas en cuevas, desde los estados Shan de Birmania a Tailandia, y en las islas de Indonesia, constituyen un sugerente testimonio de las primeras manifestaciones artísticas del Sureste asiático. Otras muestras son la cerámica de Ban Chiang (del 3600 a.C. al 200 d.C.), al noreste de Tailandia, primero bellamente labrada y más tarde pintada, y los soberbios tambores de bronce de Dong en Vietnam (entre el 700 a.C. y el 100 d.C.). La arquitectura monumental de ladrillo, piedra y estuco ha convivido durante mucho tiempo con las casas de madera tradicionales que servían tanto de palacios como de casas particulares. De la misma manera, la escultura hindú y budista en ladrillo, metal, terracota y madera, corre pareja con las figuras ancestrales y animistas de yeso, madera, piedra y hasta de paja. Los vestigios de tejidos prehistóricos testifican la antigua tradición textil del Sureste asiático. Ésta, y otras muchas variedades de artes visuales, han desempeñado, y siguen desempeñando, un importante papel en los sistemas de intercambio, ceremonias y rituales religiosos de la zona, en la que también se encuentra una rica y variada herencia de música y literatura.
El hinduismo Papúa (Irian Jaya) y Sumba
El hinduismo, el budismo o el islam no han ejercido la misma influencia sobre todas las regiones del Sureste asiático. Esto es lo que ocurre concretamente en las tribus de las colinas del interior, en partes de Sumatra y Kalimantan (Borneo) y entre los habitantes de la Indonesia Oriental. Entre todos estos grupos, el espíritu y la veneración a los ancestros constituyen el tema principal, tanto en arte como en arquitectura. Los pueblos de Papúa (Irian Jaya), por ejemplo, utilizan los mangles para tallar estacas bis, que representan a las generaciones anteriores de una familia. Hasta la cristianización de estos pueblos, se erigían bis para vengar la muerte, ceremonia en la que se incluía también la caza de cabezas. Aunque se reverenciaban los espíritus de los muertos, el tallado ritual y la veneración del bis era parte importante del rito de liberación de los espíritus del pueblo hacia la tierra de los muertos. Después de la ceremonia, el bis era abandonado en la selva, donde se creía que la energía que quedaba en él ayudaría a la regeneración del ciclo de la vida. Como se suponía que el bis había perdido la mayor parte de su fuerza durante la ceremonia, a los hombres de Papúa (Irian Jaya) no les costaba demasiado decidir venderlo a algún coleccionista occidental en lugar de colocarlo en el bosque. En la actualidad se siguen tallando figuras de madera en la región de Papúa (Irian Jaya), lo que no deja de ser una ironía para los misioneros cristianos, que inducían a sus habitantes a terminar con su interminable ciclo de venganza y caza de cabezas.
En otras zonas tribales, hoy convertidas al cristianismo, donde la caza de cabezas propició antaño alguna modalidad artística, las viejas costumbres se mantienen actualmente en las ceremonias de nacimiento, matrimonio y muerte. En la isla de Sumba, Indonesia, por ejemplo, se reúnen los clanes cuando uno de sus miembros muere. Las ofrendas son esenciales, y para ello se sacrifican cerdos, pero también se ofrecen tejidos, por los que Suma es famosa. En algunos casos las faldas de las mujeres van decoradas con conchas y semillas, y representan figuras ancestrales. Los lugares prominentes del cuerpo, como los codos, las rodillas y los genitales, se acentúan. Otros tejidos típicos son los ikats de estambre urdido, en los cuales se anudan y tiñen los hilos de la urdimbre para formar el dibujo antes de tensarlos en el telar. Antiguamente, estos ikats estaban decorados con motivos ancestrales significativos, uno de los cuales era el árbol de la calavera (andung), que solía estar delante de la casa del clan. La producción de ikat continúa en Sumba, y los tejidos son adquiridos tanto por los nativos como por los forasteros. En los libros se representan los ikats extendidos para que se pueda apreciar el diseño en su totalidad.
Éstos son sólo algunos ejemplos de la incorporación de los espíritus al arte en algunas partes del Sureste asiático, donde no han hecho mella el hinduismo, el budismo o el islam. Sin embargo, los espíritus y los antepasados también van parejos, o forman parte, de la religión de origen indio.
Espíritus: los Nat Birmanos
En Birmania, los nat, o espíritus, suelen representarse generalmente como imágenes antropomórficas. En el siglo XI, el rey Anawrahta de Pagan disoció oficialmente los nat del budismo en Birmania, como parte de un proceso de purificación de la religión del Estado. El rey codificó los numerosos espíritus idolatrados por sus súbditos en una lista oficial de 37. Dicha lista iba siendo actualizada por los monarcas posteriores, siendo el último en hacerlo el rey Bodawpaya, a principios del siglo XIX.
La construcción de la pagoda de Shwe Zigon, en Nyaung-U, se inició durante el reinado de Anawrahta, y fue terminada por su sucesor Kyanzittha. Dentro del recinto hay un pequeño cobertizo que alberga las imágenes de los 37 nat. Algunos espíritus, como los nat de los árboles o los de los ríos, viven en la naturaleza y son invisibles; sin embargo, la mayoría de ellos se representan bajo forma humana, desde guardianes celestiales hasta figuras históricas o legendarias. Muchos de los nat de Shwe Zigon, pequeñas imágenes de madera, cemento o plástico pintadas con brillantes colores, son de manufactura reciente, si bien uno de ellos, de piedra, pertenece al periodo Pagan (siglos IX al XIII) y representa, a tamaño más grande del natural, al señor de los nat, Sakka, que procede de la divinidad hindú Indra.
La pagoda de Shwe Zigon es una de las más veneradas por los birmanos en la actualidad, y a ella acuden peregrinos de todo el país. Su vinculación histórica con los nat es, sin duda, la base de su popularidad, ya que otras stupas, como la de Shwe Hsan Daw, también construida durante los reinados de Anawrahta y Kyanzittha, son más visitadas hoy por los turistas que por los devotos.
El ámbito que ocupan los nat es motivo de debate para los investigadores. Para algunos, están apartados del budismo y atienden a las necesidades cotidianas que no están contempladas en el Theravada, forma de budismo que se practica en el país. Otros, entre los que hay algunos birmanos, se limitan a reconocer la coexistencia pacífica de los nat con la veneración a Buda. Ocasionalmente se encuentran figuras de nat fuera del recinto de la pagoda, si bien lo normal es que estén dentro del mismo, aunque no adornen la stupa.
En Shwe Zigon no resulta fácil ver la imagen de Sakka, ya que está colocada detrás de barrotes o cristal. Igual pasa con otros nat muy venerados, reunidos en una casita situada en un rincón del recinto del templo. Aunque se conozca la antigüedad de la imagen, su veneración no necesita una visión clara de la misma; para estimular las ofrendas basta con conocer su presencia y saber de su poder. Este aspecto de la veneración de los nat es comparable al hecho de llevar un ikat en Sumba; allí, aunque no se vean, saben que los espíritus están tejidos en la tela a la que confieren su poder.
Ofrendas en Birmania y Camboya
Esta manifestación, más conceptual que visual, resulta crítica para entender la permanente producción y donación de arte efímero, parte vital, aunque frecuentemente olvidada, de la cultura del Sureste asiático. En Birmania se venden las ofrendas en paquetes ya preparados a lo largo del camino que conduce a la pagoda. Estos envoltorios, de papel de brillantes colores, contienen sombrillas en miniatura y una banderita con los días de la semana.
La semana birmana tiene ocho días, pues el miércoles se divide en dos. Cada día está relacionado con un animal, como la rata o el elefante. En casi todas las pagodas hay una capilla para cada día de la semana —cada una con una imagen de Buda y una estatua del animal correspondiente—, en las que se depositan muchas de las ofrendas efímeras, y para completar el rito, se suele verter agua sobre la imagen de Buda.
En los puestos ambulantes que se encuentran en los caminos de las pagodas birmanas se compran también estatuas de nat, o imágenes del bo-bo-gyi (literalmente, ‘gran padre’) o de Buda, así como parejas de búhos de cartón piedra. En algunas pagodas es posible adquirir también libros religiosos y regalos destinados a los futuros monjes.
La visita a una pagoda es, pues, una tarea activa. Algunos días hay sermones, pero el ciclo devocional es constante, por lo que la demanda permanente estimula la producción de arte religioso, en el que se introducen frecuentes innovaciones que suelen afectar sobre todo a los materiales más que a la forma de los objetos. Por ejemplo, se aprecia la producción masiva en la proliferación de imágenes de plástico, aunque la mayor parte de ellas son todavía de madera y talladas a mano. Se han introducido pinturas acrílicas de colores brillantes, muy del gusto local, que también se aplican de forma manual. En general, la forma de los objetos efímeros ha seguido siendo la misma durante muchos siglos.
Lo mismo ocurre en Camboya, donde las ofrendas constituyen la base de la devoción particular. Las revueltas que han agitado al país durante los últimos años han diezmado la población monástica y han acarreado la destrucción de muchos wat (templos). Mientras en la Tailandia budista y en Birmania, los monasterios siguen siendo los depositarios de valiosas reliquias y de imágenes de Buda, los templos de Camboya han sido saqueados. Los jemeres rojos son los responsables de la destrucción de muchos objetos, pero son incontables los que han sido vendidos a coleccionistas.
Ofrendas en Bali
La continua devoción y las ofrendas efímeras han desempeñado también un importante papel en la perpetuación del arte religioso en la isla de Bali. Como en Birmania, en Bali hay literalmente miles de lugares religiosos, pero predominan los hindúes sobre los budistas. Hay templos que se veneran desde toda la isla mientras que otros están vinculados a las cooperativas de irrigación a pequeña escala. Muchos de estos templos, de los que hay por lo menos dos en cada pueblo, tienen el tejado en forma de gradas, similares a los de Birmania. El ciclo devocional en estos numerosos templos jerárquicos se rige por diferentes calendarios. Los meses son lunares y el año sólo tiene 210 días. En cada uno hay días propicios y días poco favorables, y los ritos y ofrendas varían en cada caso. En cada templo se celebra también una consagración o cumpleaños (odalan).
El acto se conmemora con una serie de ritos y celebraciones, en las que las telas desempeñan un importante papel. No solamente van vestidos con tejidos especiales los sacerdotes, devotos y danzarines, sino que también se engalana el templo. Las telas tienen la misión de iniciar el proceso de dar vida al templo para que reciba a los espíritus; las hay muy caras tejidas a mano y baratas estampadas a máquina. Al segundo grupo pertenece un tejido que se encuentra en Bali por todas partes, el poleng de cuadros blancos y negros. Antaño, también éste estaba tejido a mano y los cuadros blancos aparecían muchas veces grises al transparentarse los hilos de la urdimbre; sin embargo, los cuadros de hoy, estampados mecánicamente, con tamaños que van desde muy grande hasta muy pequeño, no han perdido nada de su fuerza.
El contraste de blanco y negro en los poleng simboliza la bondad contra la maldad, y su combinación recuerda la creencia balinesa de que la bondad nunca acaba con la maldad para siempre, y que, como expresa la danza del barong keket, lo ideal es armonizar las dos fuerzas. En la danza, el problema no queda resuelto de forma permanente, ya que el bondadoso Barong no acaba con la malvada bruja Rangda, aunque sí proporciona una estructura en la que la maldad es claramente reconocible y permite controlar la presencia de estas fuerzas en la sociedad.
En todo el Sureste asiático existen semejanzas en las oraciones, en la demanda de ofrendas y en la renovación del entorno ritual; sin embargo, se observan grandes diferencias en la imaginería antropomórfica. Birmania y Bali son un buen ejemplo de este contraste. En Birmania, las imágenes van desde Buda a los nat. En Bali, se decoran los templos y se hacen ofrendas, pero se deja vacío el trono, que será ocupado por la esencia de los espíritus. Esto no quiere decir que las imágenes no tengan su lugar en el arte religioso balinés, pues existen bajo numerosas formas. A la entrada de los templos están representados sus guardianes en estatuas tanto antropomórficas como zoomorfas; en alguna de las capillas puede haber figuras ancestrales, femeninas y masculinas, que son bajadas para el odalan, o ceremonia del cumpleaños. La danza es parte integrante de las ofrendas balinesas que, para que sean fructíferas, deben contar con la representación de figuras ‘vivas’. También en esto se aprecia el contraste con la Birmania budista, ya que en este país hace mucho tiempo que la danza quedó relegada a la corte y no se practica en los templos. Lo mismo ocurre en Java. Aquí, igual que en Bali, los tejidos, como el batik, constituyen una parte importante del arte de la isla, pero, al contrario que en Bali, primordialmente están destinados a un uso regio más que religioso.
También en Bali se producen artículos perecederos para los innumerables festivales de los templos. Para cada ocasión se crea una enorme gama de ofrendas artesanales, no de papel, sino de hoja de palma, de flores y de frutos, que se mantienen los pocos días que dura el festival. Los propios templos balineses requieren una constante conservación, desde sus tejados de paja, hasta las complicadas tallas realizadas en la blanda toba volcánica. Algunos templos cobijan antiguos objetos de piedra hindúes procedentes, en su mayoría, de los siglos XI al XIII; pero los restos budistas del refugio rocoso de Goa Gajah son anteriores a este periodo del arte balinés llamado hindú o monumental.
Influencia occidental e identidad regional
Desde principios del siglo XX, los europeos residentes en los países del Sureste asiático han influido en el arte de los artistas locales, especialmente en el empleo de nuevos materiales y técnicas, y en las elección de temas distintos a los habituales. En Birmania y Malaysia, los británicos formaron a grupos de pintores, y en algunos casos ayudaron a los artistas locales a viajar a Europa para completar su formación. En Tailandia, el arquitecto italiano Feroci contribuyó a la creación de un departamento de arte en la Universidad Silpakorn de Bangkok. Los artistas tailandeses eran adiestrados en las técnicas occidentales, que no tenían mucho que ver con las tradiciones de pintura mural de su país.
La pintura ya formaba parte de las artes visuales de todos estos países, pero se trataba de pintura religiosa. Algunas de las obras más antiguas que se conservan se encontraron en Pagan, Birmania: son murales de los siglos XI al XIII que aún se pueden contemplar en el interior de muchos templos. Sin embargo, la aridez de Pagan no es frecuente, y la humedad ha destruido los murales antiguos de otros centros monumentales, como en Angkor, donde sólo quedan restos de pintura roja. También había pinturas sobre lienzo, pero están muy deterioradas. En Birmania, después del terremoto de 1975, salió a la luz una rara pieza; se trataba de un lienzo, pintado en colores vivos, enrollado en el interior del brazo de una imagen de Buda.
En todos estos casos, aunque el artista era conocido en la comunidad, el cuadro que realizaba era un acto religioso y anónimo. Sin embargo, gracias a los análisis estilísticos, ha sido posible establecer la identidad de algunos pintores activos en los siglos XVIII y XIX. Durante la época colonial, los artistas del Sureste asiático empezaron a firmar sus obras al destinarlas a la venta, siendo sus principales clientes los turistas y los diplomáticos.
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